Inspirado

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De boca de un cartonero aprendí que el vidrio es arena. (Que el plástico es petróleo.)

La ciudad como un escenario de producciones ocultas o invisibles. Alguien nos dice un secreto. El secreto del secreto es olvidarlo. Permanece como una sombra, un goteo, no sabemos dónde. Así todos los misterios parece que fueron revelados, y fue revelado el olvido, que es, esa sí, la clave de la sobrevivencia. Los ojos, de todo el cuerpo, cumplen la función de buscar agua. Porque son el órgano mas seco, desesperadamente seco, se vacían en lo que ven. La sed de los ojos nace y atrapa las primeras imágenes, busca agua, ¡busca agua! Después los huesos, las cosas, la luz, la leche, el vidrio molido, la arcilla, los libros, etc. El espacio, los colores, el tiempo en la ciudad: un cuadrado sobre el que se arrojan desde adentro, desde afuera. La ciudad, una vieja cuadrícula, como Mitre hacía las cuadrículas de pueblos (Iglesia-plaza principal-Banco Nación) que imitaban la primavera colonial. Cuadros: ¿no hay manifestación más territorial que un cuadro, ni expresión con límites más precisos? ¿El arte es el marco, es la convención caprichosa donde se pone la mirada? En el cuadro: una pequeña colonia de libros. Uno al lado del otro. Pequeña teoría de la ciudad.

Cada cuadro ha ocultado su materia prima.

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Niños, niños, niños.
Arena, arena, arena.
Niños, niños por todas partes.

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Sólo en blanco y negro. Sólo la forma en que los colores escapan, o se derraman. El color vuelve para borrar al blanco y al negro. El color vuelve por su multitud. El blanco y el negro es la siembra, el color es la cosecha.

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Hay una yunta entre el verde, el agua (que oculta su roña al fondo), el blanco leche (detrás del cuadro está la vaca que arde), el amarillo solar. Rojo atardecer. Colores en su cántaro pavote cantan de donde nacen.

La pintura sale de un tambo.

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Niños que han saltado al cuadro, que salieron en la foto, que entraron al momento del flash y la película, y están ahí, quietos, imitan (sobreactúan) su forma niña para ocultar el peso de arena de su cuerpo, su vejez prematura, sobre un instante de eternidad: mojaron sus cenizas, salieron del solar, del patíbulo blanquísimo, del aura breve de un incesto donde reposan para adquirir color…

Los niños son lo mas antiguo del mundo.

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Convertidos en insectos: sus reproducciones, sus copulaciones. Hay que llegar ahí. Al musgo, a las alas verdes, al increíble moco que entregan bajo una baba de colores como si fuera la raíz. Una raíz vaporosa, una pequeña zarza vaginal que se esfuma en su primera entrega, al primer soplido.

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El que pinta un niño adentro de un cuadro pinta al niño que irá pintando el cuadro adentro, al niño que desde adentro pinta el afuera. Hay que pintar alguien que alguna vez se va y deja los colores solos para siempre.

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El que pinta animales muertos es capaz de adivinar cuánto pesa el ánima para que quede retenido ése segundo en que se desprende, en que la grasa y la masa nerviosa sueltan ese hilo.

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No sabemos, pero intuimos, los restos de arena que están (la veo, la palpo) a los pies de cada cuadro.

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Arena y agua. Si se cortara el mundo de las palabras por un instante, y sólo asistiéramos a la Real Academia del Color, si se cortara la música (pero no la música sinfónica, matemática), la música menor de la cucharita en la copa, el hielo en el cristal, el agua en las piedras, los álamos, el sauce llorón (su pucherito sobre el agua), los sonidos del mundo, gutural, y halláramos la única respuesta: cada sonido representa un color, y si el vino y el instinto como dos toros descansan desnudos: es que los colores estallaron, eso quiero decir, los cuatro colores primarios en sus respectivos globos estallaron.

Enciendan la vela de la única estación, del último color, del único sonido: no hay afuera. No hay afuera, todo es adentro.

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Cada cuadro (debiera ser así) tiene su gemelo (un poema) existiendo en alguna parte. Como del otro lado del mundo, como si del otro lado del mundo una imagen debiera ser sostenida por la palabra…

Ante los crisantemos blancos
las tijeras
vacilan un instante

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La organización del espacio, de los colores, del tiempo. Un orden mas claro se aproxima. En la aurora canta una partera su grito, un hurón negro. Su grito es axila. Después la claridad.

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Todo lo que empezó a incendiarse (¡el incendio, la chispa!) empezó en el cuadro. (Esa fantasía oligárquica nos repone. ¡Nuestra vida es arte!) Lejos, lejos. Atardecer: fuerzas sobrenaturales se disputan el protagonismo en el cielo. Lo abstracto es la forma de expresar: alguien saltó del cuadro, alguien escapó. Arena: cuadro de puro vidrio. Dejemos el mundo como está. Que nadie devuelva la arena.

Martín Rodriguez
2008