Affaire

Daniel Callori en colaboración con Juan Giribaldi, Danidan y Carlos Arnaiz.

Para qué se es artista, sino para hacer lo que las propias ganas dictan, sin más ni menos. Para hacer, sin preguntar el parecer de los otros. Si hay algo que divide las aguas en el océano de las actividades creativas, es que las llamadas artes, operan impulsadas por el deseo del hacedor. Las otras, lo hacen por el ajeno, ya sea mediante la funcionalidad, la estrategia o el marketing tan demodé pero de moda al fin, que aliado con el mercado, sabe inducir a todas y a cada una- algo así como una luna rigiendo la marea que las agita-.

Sin embargo, las artes como signo de su época, en capas subyacentes a veces y en otras claramente evidentes, develan la permeabilidad del individuo ante otras poéticas. Siendo estas representantes del mundo como es, en el momento en el que se manifiestan, a través de una mirada peculiar- la de un artista en un contexto-, hablan para ser escuchadas. Completa substancia única afectada y necesitada de otras semejantes.

El contexto, que trabaja como una influencia consciente e inconsciente sobre el pensamiento, el trabajo y hasta el trazo del pincel de estos pintores, es el que los lleva a necesitar de iguales cerca. Ya sea para compartir devenires intelectuales, debacles procesuales, explicar planteos existenciales- mostrarse desnudo al ver al otro desnudo- y revelar la honestidad que los aúna y que, no por nada, los reunió para arrojarse sin red ante las preguntas más hondas sobre los porqué de hacer lo que se hace.

La soledad de quien es amo y señor, la sensación de vacío de quien- solo- domina el territorio completo sin rendir cuentas, parece motivar la búsqueda de terrenos explorados por otros pero, no obstante, afines. Es obvia la complementación buscada, pero se nutre de la entrega de quienes apuestan, en una partida, todo lo que cosecharon sin miedo al intercambio. La necesidad de que alguien comprenda esa unicidad explícita, solo por un rato aunque más no sea, es la propia exigencia de ser aceptado, comprendido y hasta amado, aunque sea tan solo por una noche o en una sola sesión de taller.

Guido Ignatti